Diario

04/08/2019

04/08/2019

 

Aquí va mi primera entrada del diario:

Este apartado de mi blog se me ocurre, como muchas cosas en mi vida, “a toro pasado”, y es por eso que dejaré mis notas a partir de ahora.

La construcción de mi primera novela queda ya algo atrás en el tiempo. Ahora, lo más reciente son mis peleas continuas con los formatos y márgenes requeridos por Kindle Direct Publishing para su formato en papel. Pero, voy a intentar resumir lo que ha sido para mí esto de escribir una novela o, mejor dicho, el primer paso de una saga: El juego de la vida.

Hacía mucho tiempo que mi mujer me decía:

“¿Y por qué no escribes un libro…?”

­­—¡Claro! —le decía yo—, ni que eso fuese tan fácil… A ver si te crees que cualquiera escribe un libro. Para eso hay que tener una capacidad que yo no tengo.

Y, bueno, el tiempo pasaba y eso se olvidó. No volvió a decírmelo nunca.

Hace ahora casi dos años, se quedó embarazada, todavía recuerdo el momento exacto en el que me lo dijo.

¡Me regaló un chupete al llegar de trabajar!

Y, claro, la vida te da un vuelco (por mucho que lo busques), aunque tienes nueve meses para asimilarlo.

Pues bien, yo pensé mucho en esos nueve meses. Y, coincidiendo con la ecografía de los tres meses, cuando nos comunicaron que sería una niña, comencé el primer capítulo de Latidos de guerra.

Por aquel entonces, enero de 2018, no era más que una idea que tomaba forma, sin más nombre que el de Nubalión. Ahora, eso no es más que la introducción del libro, decenas de veces modificada, por supuesto. Eso es algo común en todos aquellos a los que nos apasiona la escritura, lo cambiamos, borramos, rehacemos todo hasta la extenuación (no es el caso de este blog, o no viviría). Buscas que todo esté perfecto, y lo dejas cuando crees que lo está o, cuando es una locura volver a cambiarlo… (mi caso).

Esta historia se fragua en mi mente unas semanas antes de escribirla y, por supuesto, jamás me enfrenté a la temida página en blanco, tan solo tuve que ordenar mis ideas, cosa nada fácil, tengo que decir.

“Eres un desastre”, suelen decirme…

Pero yo prefiero decir que encuentro un orden en mi caos que nadie más es capaz de ver… Lo creo por encima de todas las cosas, de los papeles, dibujos, esquemas, pizarras y demás utensilios que me ayudan a dar forma a esta aventura.

Otra de las cosas que tenemos en común los que escribimos, es la escasez de tiempo. Las diminutas franjas temporales de las que disponemos saben a poco, muy poco.

Entre el trabajo, la casa, la recién estrenada paternidad, y el detalle de que, de vez en cuando tenemos que hacer de seres humanos y relacionarnos (algo necesario para nuestra salud mental…)

…apenas existen huecos.

Podríamos dibujar a un malabarista que mantiene en movimiento cinco piezas esenciales, el trabajo, la familia, la responsabilidad como padre, los amigos, y la más importante de todas, el chronos. Y, sin dejar que esta última se coma a las demás mientras intentas robarle tiempo para escribir, debes prestar atención para que el resto no caigan al suelo y se rompan. Eso también es algo común de los que escribimos.

Y así fue como creé Latidos de guerra, desde un montón de papeles entre horas y esquemas que nadie comprendía, hasta una portada que dice más de lo que parece.

Llevamos milenios mirando al cielo, buscando algo ahí fuera que explique ciertas cosas de aquí dentro, pero, puede que tuviésemos que mirar más adentro de lo que lo hicimos hasta ahora…

Y, ya está bien por hoy. Estaré en contacto con vosotros a través de este, mi diario.

 

Gracias por vuestro apoyo. ¡Seguiremos batallando!

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