Relatos, cuentos y leyendas

La desesperación del miedo

La desesperación del miedo

 

Tal es la aglomeración de odio y rabia que no sé de quién es la sangre que baña mi mano. Pero, tras comprobar que todavía sostengo el cuchillo, poco me importa.

Jamás pensé que se pudiese acabar el mundo justo ahora, cuando más ganas tenía de vivir, cuando la inspiración asaltaba mis sueños. Hoy, precisamente en su día, cuando más razones tengo para hacerlo; para soñar; para imaginar una vida mejor, que colme las necesidades y anhelos de la personita que me sonríe cada mañana al despertar. A la misma que acurruco cada noche antes de dormir; por la que vivo y sueño; por la misma que moriré si es necesario. Pero así sucede. Veo amigas que se odian hasta desearse la muerte ante lo desconocido; vecinos que se roban la comida sin importar las bocas que el otro deba alimentar; jóvenes que asaltan las casas de los más indefensos, sin más razón que la de llevarse algo que ya vale muy poco; amigos de toda la vida que finiquitan el contrato firmado en la adolescencia entre disparos, y todo por unas bolsas de arroz y unas garrafas de agua; perros abandonados en la calle que son devorados por muchos de los perdedores, sin nada para comer, quedando los collares, que con tanto amor se compraron, en el asfalto, manchados de sangre y desesperación.

He llegado a escuchar deseos de muerte ajena tantas veces en tan poco tiempo, que dudo de que muchos merezcan la salvación. ¿Eso me convierte en ellos…?

Hay indeseables que exhiben su xenofobia ante el miedo a la enfermedad sin fundamento, por pura diversión. Los torturan en la calle, a la vista de todos, culpándolos de lo que ni siquiera conocen. También vi a un par de hombres, de los que un día hubiesen hecho estatua en la plaza del pueblo. Y puedo asegurar que los gritos de la muchacha que se adivinaba bajo ellos atestiguaban que no merecían más que el tiro que descargué sobre sus cabezas, a boca jarro. Eso fue antes de perder la pistola. Me la robaron a punta de pistola de camino a casa. Y por culpa de esa irónica situación y los minutos que esta me robó, también perdí mi alma.

«Nadie es más que nadie, y ninguna vida vale más que otras». No hace más de una semana que pensaba eso. ¡Cuánto me equivocaba!

Lo que me hizo tomar la iniciativa todavía hace que llore como un niño mientras arrebato la vida a mi paso sin que eso me importe. No desvío la atención de mi objetivo más que para los cálculos geométricos que el instinto realiza por mí: «Ese es grande y pesado. Viene de frente y con fuerza». Me aparto a un lado en el momento justo, y un segundo después le ensarto el machete en el estómago. Lo saco rápidamente y lo vuelvo a clavar en el cuello. «Otro que no respira más que sangre». No puedo detenerme. Ni siquiera les veo la cara.

Hace unas horas que el infierno tomó mi realidad y la vida dejó de ser lo que yo quise que fuera. Se mantuvo la lucha que inicié el día que respiró por primera vez, pero esta pasó a ser literal.

Llegué del trabajo. Porque claro, jamás dejamos de ser esclavos. La abolición, igual que otros términos parecidos, como transición, no fueron más que la implantación de un nuevo sistema por el que seguía todo igual sin que lo pareciese; sin que la plebe se manifestase; sin que nadie, o muy pocos, pudiesen discutirlo. Y claro, el mundo se iba al garete, pero muchos debíamos seguir trabajando. Valía más un montón de papel virtual que las vidas de los que lo producían. Ahora, unas horas después, la economía ha sido sustituida por la supervivencia y esta trajo de la mano a la desesperación y el miedo.

Los gritos de mi mujer se escuchaban antes de entrar en el portal. Tan fuerte gritaba, que el llanto de mi pequeña quedaba ensordecido y las tripas tiraron de mi alma para digerirla.

Al entrar por la puerta lo vi sobre ella. La sangre le manchaba la camisa. Ella, la que le dio sentido a mi vida, ya no gritaba. Un pozo de oscuridad se instaló en mi cerebro. Y el amor más grande que jamás se haya aliado con la tristeza más pesada me catapultaron hacia él. Lo maté a golpes. Creo que me rompí una mano. Varios huesos desde luego. Quise morirme. Todavía guardo ese sentimiento e intento silenciarlo ante la necesidad. El hijo de puta de mi vecino le había cortado el cuello. Y todo porque la quería violar. Él estaba muerto. Ella también. Yo miré la ventana. Estaba abierta. Lo tenía muy claro. ¡Pero no! Corrí hacia la habitación rosa. Tanta fue la adrenalina al recordar su carita, que tropecé y me estampé contra la pared del pasillo y la sangre brotó de mi cabeza, pero nada me dolió. Nada podía detenerme.

Allí estaba, encerrada en su cuna. Ya ni siquiera lloraba. Yo sí. Mucho. Todavía lo hago mientras avanzo, con su latido sobre mi pecho. La puse en la mochila, me la coloqué por delante, cogí su bolso con lo necesario y no me olvidé del cuchillo de cocina. La única arma que pude encontrar en casa. Antes de salir pasé por la habitación otra vez. Allí estaba, acostada boca arriba. Me acerqué. No sé el tiempo que estuve llorando sobre ella. Nuestra hija también lloraba. No podía irme de allí, no podía abandonarla. Pero los ruidos desde la escalera del bloque activaron mi alerta. Le di un beso en la mejilla que me dolerá hasta el día en que me muera, que, si me parase a pensarlo, podría ser hoy mismo. Miré a la pequeña y me fui. Mi prioridad era otra y lloraba sobre mi pecho.

Fue media hora después de arrancar el coche cuando la escuché roncar. Poco faltó para estrellarnos. «¡¡NO!!» «¡La mascarilla!». Se me olvidó su medicamento y mi hija era asmática. Los médicos dijeron que podría desaparecer con el tiempo, pero ahora era mi propia hija la que podría desaparecer. Y eso no lo permitiría mientras mi corazón bombease sangre a mis extremidades.

Ahora me encuentro casi a las puertas de la muerte, luchando por salvar a mi pequeña. A mi mujer no pude. Ya he matado a más de los que puedo contar, mientras me adentro en el caos de esta farmacia donde unos buscan un antídoto para el miedo y otros quieren lucrarse con él antes de conocerlo, sin saber que ya no hay nada con lo que lucrarse. Me ha sido imposible mirarla ante la amenaza que nos rodea, pero no me hace falta, escucho su llanto. Seguro que su cabecita está manchada con la sangre de los que quieren frenarme y matarla así, pero lo único que importa es su respiración. Llegaré a ese están como sea antes de que se apague. Solo la muerte podrá detenerme, y a esa ya no le tengo miedo.

 

Esto lo acabo de escribir hoy 13/03/20.

Perdonad los errores, si los hay,

pero no podía guardarlo para más tarde…

 

Hay relatos que parecían típicos de un videojuego o una serie post apocalíptica. Pero da miedo pensar eso de que la realidad siempre supera a la ficción. Si un virus que no es tan grave puede hacer que la estupidez humana salga a flote y tome el protagonismo junto al miedo, ¿qué no haría algo peor…?

Debemos mantener la calma pese a todo lo demás.

 

Me reuní con el coronavirus y acordamos que no mataría a más del dos por cien de los afectados. Está claro que serán muchos, puesto que es rápido e inteligente.

Si, pasada la tormenta, resultan inflados los datos reales, que sea porqué mintió en un principio y no porque nosotros mismos sumamos más vidas al marcador de la enfermedad. Directa o indirectamente.

Cristian Serrano Galdón

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