Historia de Nubalión

La noche negra

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Las luchas rebeldes: IV Tomo. 

Capítulo 20: Fin de las revueltas populares. 

 

 

Fuerte Edén 

Capital de comarca 

 

Télamir no era un asesino de argos, no mataría a uno de los suyos por nada del mundo, aunque sí estaba dispuesto a dejarlo morir. Rolik era el culpable de las revueltas, al menos así lo veían los elfos y, por lo tanto, era la forma más rápida de sofocar el fuego azul que se extendía por medio mundo. De todas formas, ellos estaban listos para atacar en el momento oportuno. 

Un par de décadas atrás, los elfos comenzaron a organizarse bajo dos de sus líderes: Zulmen representaba a la comunidad de los bosques en la comarca de Edén, y así mismo lideró la revuelta. Por otro lado, en la comarca de El Hierro, el líder de la comunidad de los elfos, Eszor, no apoyaba la idea de rebelión, pues, según sus argumentos, el gobernador Keshen no era un tirano como Rolik.  

Sin embargo, no tardaron en surgir voces que acusaban al gobernador de El Hierro de apoyar la tiranía de su homólogo. Hubo quien gritó a su paso aquello de: «Entre argos se ayudan mientras los elfos ayunan». Y esas voces se vieron representadas por Álisir, quien sumó a muchos elfos de su comarca a las revueltas de Zulmen en Edén.  

Diez ciclos de escaramuzas y batallas; de emboscadas cargadas con el odio entre especies; del azul de la muerte sin humo, propio del fuego élfico. Una década que podría terminar aquella noche a las puertas de la fortaleza del gobernador. La comarca tropical sería el escenario de la última batalla. 

Cerca de mil argos aguardaban suspendidos sobre sus swapers en el cielo oscuro, frente a las murallas de Fuerte Edén, palacio que daba nombre a la capital. Las tablas mágicas flotaban en la calma que precedería a una batalla sangrienta.  

Las palabras del gobernador Keshen, un par de ciclos atrás, resonaban entonces en la memoria de Télamir: 

Tu lucha es del todo lícita, y de ella depende el equilibrio de nuestro mundo. Los elfos que siguen a Zulmen están sedientos de sangre y sangre deben obtener para saciarse. Sé que mi homólogo, tu gobernador, hace mucho que no merece el puesto. Conozco de memoria las historias que cuentan sobre él. Pero las normas no permiten deponerlo de su cargo más que por la fuerza. Nos creemos civilizados, pero no nos alejamos tanto de nuestros ancestros con apellidoNo bastó con suprimir los linajes familiares que nos ataban al horror y la muerte.  

En esa parte del discurso no pudo estar más de acuerdo. Otras tuvieron que discutirlas… 

 

 

 

 

 

Mientras los recuerdos asaltaban su memoria, Zulmen, Álisir y sus tropas asaltaban las murallas del palacio, bajo la atenta mirada de los argos. Los fogonazos azulados se estrellaban contra unas murallas demasiado pequeñas para los asaltantes. Unos pocos llegaron entonces sobre sus swapers y se alzaron sobre la cornisa de las defensas exteriores. Desde la corona del palacio llovieron rocas de fuego hacia las posiciones rebeldes. Todos los que sobrevolaban el muro exterior fueron derribados sobre el torrente del río, que discurría por el foso entre las murallas y rodeaba el castillo. Una vez bordeada la fortaleza, conducidos hasta el ojo del Vita por el agua imparable, cayeron por la cascada. Los gritos se escucharon por toda la ciudad, mientras caían desde semejante altura. Los golpes contra el acantilado callaron a algunos, otros gritaron hasta estrellarse contra el lago. La cascada del Edén brilló en la oscuridad de la noche, a causa de las esencias devueltas a la madre naturaleza. El destello titilante se pudo ver desde cientos de kilómetros. 

—No debes interferir —le dijo Keshen en su primera reunión—. Aquellos que quieren venganza la obtendrán, pero el pueblo al completo nunca seguirá a un asesino ni a un belicista. La gente quiere paz, temen que la muerte vuelva a protagonizar otra época de guerras interminables. Yo, como gobernador de El Hierro, apoyaré tu candidatura al gobierno de Edén siempre que respetes esto.  

—Pero ¿cómo ganaré contra quien tiene la fuerza sin luchar? —preguntó él—. Si Zulmen le arrebata el poder a Rolik mis buenas intenciones no valdrán de nada. 

—No, contarás con tropas preparadas en tu comarca, de eso me ocupo yo. Sé el aprecio que tienes por los elfos, yo también lo tengo, pero no podemos aceptar a ninguno de ellos entre nuestras fuerzas. No sabemos quién está con los rebeldes. Nos jugamos demasiado. Tú continúa con tus rutinas, actúa con normalidadNo ceses en tu protesta contra las revueltas y también contra el gobernador y las normas actuales, que agravan la desigualdad en demasiados puntos. Yo mismo secundaré tus propuestas cuando obtengas el gobierno. Y te prometo que también se aplicarán aquí, en mi comarca. Tenemos la responsabilidad de legar un mundo mejor del que nos encontramos, y eso no es negociable, lo sé —terminó citando una de sus frases. 

El gobernador de El Hierro, tras ciclos de revueltas y de protestas por su parte, conocía todos sus discursos. Saltaba a la vista el seguimiento y estudio de su trayectoria y eso le transmitió la confianza suficiente como para aceptar el reto.  

Ahora, con la batalla bajo sus pies, los gritos de los que iban a morir y la sangre derramada ante sus ojos, no estaba seguro de que todo saliese como Keshen le aseguró. También le costaba un abismo permanecer impertérrito ante la masacre, alumbrada de vez en cuando por las esencias de aquellos que eran desintegrados en combate, pero uno de sus comandantes así se lo recordó cuando pataleó sobre su tabla. 

—Aguanta, no podemos echarlo todo a perder por salvar a unos cuantos elfos vengativos. Estamos cerca del final —le dijo, mientras señalaba hacia las puertas del fuerte. La puerta exterior no pudo resistir el fuego azulado que los elfos dirigían hacia allí golpe tras golpe. Desde sus manos emergían llamaradas de energía que se convertían en fuego azul al impactar sobre el objetivo. En ese momento terminó por calcinarse, sin humo, tan solo cenizas. Y, al tiempo que la muchedumbre enrabietada se encaminaba hacia el puente sobre el foso, la segunda puerta se abrió. Esa vez, el golpe de magia venía desde el interior.  

—Keshen lo tiene todo atado para esta noche —le dijo el mismo que amordazaba su rabia minutos atrás. 

Télamir vio como una cuadrilla emergía del interior e intentaban apaciguar los ánimos. Pero resultó inútil. Fue como querer guardar el mar tras una presa. Pasaron sobre ellos con rapidez. 

—Parece que tu gobernador no lo tenía todo tan pensado… —le dijo a su comandante, con el enfado evidente en su mirada. 

—Su conocimiento no se extiende sobre esos inútiles. Hace mucho tiempo que demuestran su incompetencia, pues era su responsabilidad dar el primer paso para deponer a su jefe antes de llegar a esta situación. 

Salto de página 

 

 

 

 

La muchedumbre entró al recinto sin más freno que una decena de hombres acurrucados en el suelo, pero el fuerte seguía sellado y ese escollo no sería tan fácil de salvar. 

Télamir miró alrededor y observó cientos de bandas luminiscentes encenderse en los brazos de los argos. Todos sabían que les tocaba mostrarse como un manto de estrellas que descendía sobre la capital de Edén. Fue en ese instante cuando habló a sus hombres por primera vez en la noche: 

—Nos toca mover ficha, ¡descended! —gritó al grupo de los ágiles, como los clasificaron en su instrucción. 

Desde cualquier punto de la ciudad se pudo ver cómo se encendían cientos de luces sobre la fortaleza y la población salió a las ventanas de las casas, ya fuesen sobre los árboles, en caso de los elfos, como en la roca o semienterradas, en caso de los argos. Todos sabían del ataque al gobernador, pero no salieron a protestar. Era necesario derrocar al tirano, pero nadie de los que permanecían en sus casas apoyaba unas revueltas que incitaban al odio entre especies. Un pasado de horror y muerte avivaba el miedo en el pecho de la gran mayoría del pueblo, que permaneció en su hogar aquella noche. Pero en aquel momento, muchos se asomaron a las ventanas, y otros incluso se atrevieron a salir a la calle. Sucedía algo que escapaba al conocimiento de los rebeldes, eso estaba claro. Pues la trifulca a las puertas de la vivienda del gobernador cesó durante unos segundos. Todos miraban sobre sus cabezas.  

—¡Atentos! —Gritó el propio Zulmen, al mando del asalto—. ¡Nos atacan! ¡Derribad a esos malditos argos!  

Una porción de esas luciérnagas se desprendió del resto y descendió hacia el fuerte. Se vieron obligados a esquivar los ataques de los rebeldes en un principio. Alguno de ellos fue alcanzado por los haces de energía y murió al estrellarse contra el suelo. 

 

Para el pueblo no quedó duda alguna. No eran rebeldes. Muchos se preguntaban si se trataba de una emboscada del propio Rolik. 

Télamir no podía contenerse: 

—¡Bajemos a ayudarlos! 

El comandante volvió a retenerlo por el brazo, pero se llevó un golpe por respuesta, seguido por una sentencia llena de rabia:  

—¡Van a caer como moscas! 

—¡Tranquilízate! Solo han sido dos despistados. Confía en tus chicos, no son fáciles de derribar. Por eso son ellos los primeros. 

Abajo, junto a la puerta principal del palacio, Álisir, elfo al mando de las tropas rebeldes de El Hierro, se percató de algo: 

—¡Detened el ataque! 

—¿Estás loco? —Preguntó Zulmen—. Vienen a por nosotros. 

—No lo tengo tan claro, mira —dijo señalando hacia tres de los swapers más cercanos—. Creo que se dirigen al fuerte. 

Y efectivamente, así sucedió

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