Reflexiones

Virus

Virus

 

 

Cuida bien de tu casa

si la quieres legar a tus hijos,

o morirán sin esperanza,

no les niegues el paraíso…

 

 

Si esto fuese una historia para niños, comenzaría presentando a los protagonistas, según la relevancia otorgada: Adán, Eva, Fauna y Gaia.

Muy atrás queda el momento en el que Adán y Eva comieron de la misma fruta para iniciar el camino del pecado. Los llamaron de mil formas diferentes, también vistieron mil estilos, hablaron todos los idiomas conocidos y desconocidos. Esto dependía de la época y el rincón del mundo que transitaran.

Adán y los suyos encabezaron millones de batallas empujados por la testosterona, hormona de la eterna dominancia. En un principio estuvo muy claro que vinieron al mundo para mandar, para dirigir el camino a recorrer. La opinión de Eva y las suyas se vio acotada por «su naturaleza», y eso amordazó sus voces durante milenios. Solo entendían de criar a los niños y de preparar la comida para Adán y los suyos. Ellas parían a sus crías y ellos eran dueños de la fuerza, conjunción sobre la que se construyó el mundo en el que vivimos.

A Fauna jamás se le dio demasiada importancia. Era salvaje en su mayoría y lo más cerca que estuvo de importar más allá de servir como alimento, pasó por el coleccionismo, el entretenimiento o la servidumbre, este último caso terminó llamándose amistad.

Y así se fraguó la historia de un mundo plagado de luces y sombras…

Hace muy poco, justo en el momento de mayor luz, cuando esta casi logra ganarle terreno a la oscuridad; cuando las Evas se hacían escuchar incluso en los lugares más improbables, donde los Adanes todavía mantienen su dominio imperial; justo durante el último grito colectivo de estas mujeres, apareció Corona, y no la que siempre nos infectó, esta vez, el virus era nuevo.

No faltan los que acusan sin sentido al último grito femenino de ser el responsable de su avance, mientras olvidan los millones de personas que asistieron a clase, a eventos deportivos, e incluso a discursos en los que los más rancios adanes se pegaban en el pecho...

Al principio nadie pareció tomarlo en serio, todos se reían de él mientras lograba la muerte en sitios muy lejanos. Ahora ha llegado a nuestras casas y tenemos miedo. 

Sabemos que hay otros virus que matan a miles en otros lugares, pero están demasiado lejos para que nos importe. Y es muy triste, porque para estos otros conocemos el remedio, aunque preferimos guardarlo para nosotros sin que prime la necesidad. Demasiadas veces fuimos el lobo… ahora nos toca sufrirlo. (Y que conste que no me gusta la connotación que se le otorga a esta especie).

Este virus se cobrará la vida de muchos, vidas que nos tocan de cerca, por eso nos importa, nos conmueve y nos hace llorar. Ahora sí comprendemos que una hilera de ataúdes no es solo una cifra, que cada uno de ellos es mucho más que un nombre en una lista. Y nuestra alma se solidariza con tantas otras que estarán inundadas de lágrimas contenidas, de tristeza por una pérdida inesperada e inmerecida.

Vaya… «le vemos las orejas al lobo».

Vivimos encerrados entre las paredes de nuestras casas, anudados por el miedo. Pero no hay mal que por bien no venga, y así sucede con este. Puede que muchos hogares representen para sus moradores lo que la caverna para platón y este sea el principio de algo más importante. Ahora les prestamos atención a nuestros hijos, apreciamos cada susurro, cada mirada. Ahora muchos jugarán más que nunca con papá o mamá. Otros dirán que discuten más con su pareja. Yo les digo que no discutían porque ni atención se prestaban. Ahora es buen momento para arreglar eso. Y es que este STOP era necesario para la humanidad.

La mayoría desea salir a la calle y es normal, somos animales sociales. Pero mientras, salimos a los balcones y aplaudimos a los que se juegan la vida para salvar la de todos los demás; disfrutamos del arte que jamás se hubiese escuchado en un balcón: músicos, cantantes, o humoristas de andar por casa (nunca mejor dicho) que levantan la carcajada de un barrio entero; juegos a voz en grito que nunca imaginamos compartir con nuestros vecinos, con los que compartimos la vida y la rutina sin darnos cuenta. También están las «nuevas» formas de entretenimiento que nuestros hijos descubren de nuestra mano: El veo veo; el escondite; el ahorcado; el piedra, papel o tijera; decenas de juegos de mesa olvidados; incluso la papiroflexia y otras formas de jugar sin una pantalla de por medio. Juegos que nos socializan, que nos acercan, que nos permiten conocernos. Retos virales que implican a nuestros seres queridos, con la unión que esto genera en el núcleo familiar y una larga lista de motivos para creer que Corona tendrá su lado bueno, aunque ahora cueste verlo.

¿Y Gaia…? En todo momento ha estado ahí, pero le he dado la misma importancia que la mayoría le otorga. Y este es un buen momento para darnos cuenta de que sin ella nada más sería, tan fácil como eso.

Podemos atravesar las peores condiciones; aprender de nuestros errores; comenzar a escuchar a la mitad de la población, que digo yo que algo tendrá que decir; podemos comprender incluso el verdadero significado de patria. Pero, si no empezamos a prestarle atención a Gaia, llegará el momento en el que no nos permita vivir sobre ella, y ese será nuestro fin. Porque no será el fin del mundo, no, eso solo vale para las películas. Gaia seguirá su curso, los que no seguiremos seremos los demás…

Este coronavirus es para nosotros lo que el sarampión para muchos africanos, con la vergüenza que esto debería suponer para el resto. Pero ¿qué virus es el que más afecta a la Tierra? Solo tenéis que observar los datos de contaminación ahora que la mayoría nos confinamos en cuerpo, aunque espero que no en mente.

—El coronavirus acabará con el mundo.
—No, el mundo no se acabará, no… Seremos nosotros los que dejaremos de existir. Y no hace falta que venga un virus a hacernos el trabajo sucio…

 

Gran hogar es nuestra Gaia,

que nos acoge y alimenta,

nos ofrece monte y playa,

paisaje de dunas o selva.

Y mientras unos la talan,

la pudren o la queman,

otros intentamos protegerla,

sin más manos ni fuerza.

 

Vivimos una cuarentena en la que es muy importante lavarse las manos. Y espero que, una vez pasada la tormenta, la metáfora detrás de este acto quede en el olvido en asuntos tan importantes como el de mantener nuestro planeta.

 

¿Quieres acompañarme en esta aventura? Aquí expongo los motivos para hacerlo.

Un comentario en “Virus

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