Reflexiones

Yo, el macho Alfa

Los conceptos de la infancia

Yo fui de los últimos niños en crecer con los tres cerditos, caperucita roja, y demás cuentos infantiles en los que el malo estaba muy claro desde el principio. “Que viene el lobo…” ha sido una amenaza inmortal durante siglos, ha arraigado en la sociedad cual cimientos de palacio, casi imposibles de destruir. Y es nuestra similitud con la especie que tanto nos ha atemorizado, la que ha inspirado el empuje de nuestra sociedad desde sus comienzos, por algo los indios americanos los tratan como almas gemelas. Esa gran semejanza de los hombres con el macho alfa es la que ha inspirado también nuestro liderazgo en el mundo, para bien, o para mal. Hemos aprendido a sacar los dientes ante cualquier situación contraria a nuestros pensamientos, defendiendo nuestra forma de ver el mundo, tal y como defendemos nuestro hogar y a nuestra familia, de la misma forma que lo hacen los lobos. Pues bien, me confieso: todavía no soy un macho Alfa, y quiero serlo. Por eso observo los iconos masculinos de nuestra era y de las pasadas, regidos por el mismo patrón controlador y agresivo, aquel que se hace respetar e impone sus razones por encima de todo, y creedme, no hace falta ser muy observador, nos bombardean sin descanso con esos ideales. Podría decir con toda seguridad: ¡Cuánto nos parecemos a los lobos! Pero estaría muy alejado de la realidad afirmando semejante disparate.

Analicemos de raíz la gran metáfora de nuestra especie:

El lobo, el mismo ser malvado que nos robaba el alimento en los albores de nuestra primitiva civilización, el mismo del que desciende ese al que llamamos “el mejor amigo del hombre”, es un mamífero que vive en grandes familias, (manadas). Éstas se forman hoy por aquellos pocos que no perdieron el miedo a los humanos, y que milenios después todavía nos temen, porque sí, el lobo nos teme. Tras crecer con esa idea del animal salvaje que te devorará si tiene ocasión, es curioso saber que el primer caso de ataque a humanos que se registró en España data de 1881, y que el único que le sigue se produjo en 1954, setenta años después, y en ningún caso mató a su “víctima”, más bien mordió y huyó, apostillando su condición de presa, temeroso del hombre. Más bien mordió por miedo, ese mismo miedo que nos han infundido para justificar la erradicación de una especie que nos roba el alimento. La misma especie con la que compartimos rasgos sociales, según biólogos del siglo pasado, los mismos que crearon la simbiosis entre el hombre y el macho Alfa, el líder de la manada.

Una metáfora de enormes consecuencias, la misma que dio rienda suelta a la testosterona y el ego masculino; responsable de muchos avances y otros tantos tropiezos, de conquistas increíbles, de matanzas sin cuartel, de lo mejor y lo peor de nuestra especie; la misma que justifica nuestra agresividad, la misma que pesa sobre los que no se sienten de ese modo cual losa de hormigón sobre sus hombros, obligándolos a comportarse “como hombres”.

Pero hay muchos datos que no se han contado, omitidos por un elenco de machistas, que en el ejercicio de su profesión crearon una falsa metáfora, sin calcular las consecuencias. Y ojo, no digo que no nos parezcamos al lobo, sino que nos faltan los datos más importantes.

Si nos fijamos en esta imagen, se aprecia una familia de lobos avanzando en fila india sobre la nieve de una reserva natural en Canadá. Los tres que encabezan la formación son los más viejos y enfermos de la familia, marcando el paso de todo el grupo, pues de lo contrario quedarían rezagados. Los cinco que preceden a estos son un grupo de lobos fuertes, seguidos por el conjunto de la manada, al que lo cierra otro grupo de lobos fuertes, y muy por detrás, en solitario, y totalmente expuesto a los peligros, camina el líder, el macho Alfa. La gran familia avanza protegida, respetando el ritmo de sus mayores y enfermos, dirigidos desde la retaguardia por el líder, el que no siempre contempla la escena desde atrás, se mueve con libertad por todo el grupo, comprobando el estado de cada uno de sus miembros. El líder no se hace respetar, al líder se le respeta por su carácter seguro, por su tranquilidad, y su inteligencia a la hora de elegir ruta o lugar de caza. No existe la agresividad entre lobos de una misma manada, no se entendería, y se expulsaría. Según afirma Rick Mclntyre, quien lleva observándolos más de quince años en Yellowstone, “el macho alfa puede intervenir de forma decisiva en una cacería, pero tras capturar la presa, irse a dormir hasta que todos estén saciados”. “Sabe lo que tiene que hacer, y da ejemplo”, afirma el veterano guardabosques. “Crían a los cachorros de la manada sin importar el progenitor, incluso se dejan vencer por ellos en sus sesiones de juegos, en las que los pequeños se posan sobre ellos de forma triunfal”

¿Hembra Alfa?

El líder puede compartir manada con hermanos, o los que un día fueron rivales, sin mayor complicación, la manada sobrevive. Lo que aquellos biólogos, todos ellos hombres, tampoco contaron, es que existen dos jerarquías en la manada, una de machos y otra de hembras, que es una pareja de lobos los que ejercen el liderazgo, y que como bien se ha demostrado tras observarlos en libertad, alrededor del globo, es muy posible que sea la hembra alfa la que imponga las decisiones que marcarán el devenir del grupo, donde pasar la noche, que ruta seguir, donde cazar, etc…

Mi confesión

Así que, retomando mi confesión… Quiero compartir mi vida con una persona que sea tan capaz como yo, y compartir la crianza de nuestros cachorros; compartir las labores que atañen a la familia, y respetarla sobre todas las cosas, porque así son los lobos. Quiero vivir en una sociedad donde solo pueda gobernar el más inteligente de entre nosotros, sea macho o hembra, donde la agresividad no tenga cabida de no ser necesario para nuestra supervivencia, y donde se respete a los desfavorecidos y a nuestros mayores, que han vivido más que nosotros. Quiero vivir en una sociedad que promueva unos valores casi enterrados, perdidos y olvidados: la bondad, el respeto, el afecto por tu semejante, y la libertad de decisión, porque sí, también eso tienen los lobos; el líder es respetado por hacer lo mejor para la mayoría, pero a nadie se le prohíbe actuar de otra forma, el que quiere ser libre, tiene la libertad de andar su propio camino.

Y quisiera vivir en una sociedad donde no se hubiese demonizado la imagen de un animal del que tanto podríamos aprender. En un “lugar” en el que no se utilizase el concepto más sagrado para estos en definición de algo tan malvado y denigrante como un grupo de depredadores sexuales. Los mismos que sufrirían esa ira y agresividad de los lobos, tan extendida en la creencia popular. Pero solo exhibida en ocasiones tan necesarias como esa…

Así que, en definitiva, sí, ¡Quiero ser un macho alfa!

 

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